Días de nubes, relámpagos y lluvia, me gustan, llegan de repente como un remanso frente al sol y al calor característicos de la temporada. Hoy la tarde es así en Guanajuato, no hay sol y llueve, el cielo truena; recién terminé de leer un ilustrativo y divertido drama, perfecto para estos días nublados y húmedos en los que
Sigur Rós me hace compañía, en dicho drama se enfrentan cinco dramaturgos del siglo XX, y en él se imita las formas con las que se identifica a cada uno de ellos: el drama de tesis de
Shaw, el metateatro de
Pirandello, el drama didáctico de
Brecht, el teatro del absurdo de
Ionesco y la farsa metafísica de
Samuel Beckett. El drama se titula:
Dr. Godot o Seis personajes en busca del decimoctavo camello. Una farsa metadramática.*
La escena sucede en la sala de lectura de un hospital psiquiátrico de Palo Alto, California, en la unidad de esquizofrénicos. En la sala se encuentran casi siempre los mismos pacientes. Son cinco hombres, y todos tiene algo en común: cada uno de ellos cree ser un gran dramaturgo del siglo XX. Por eso se hacen llamar por los nombre de estos dramaturgos, e incluso los médicos los llaman así:
Shaw,
Pirandello,
Brecht,
Ionesco y
Beckett. A través del diálogo los personajes exponen y defienden sus posturas filosóficas y cuestionan las de sus compañeros, establecen sus diferencias y a través de ellas se dan cuenta de lo que tienen en común: la esencia del drama moderno, la representación del carácter autorreferencial de la comunicación privada por medio de la autorreferencialidad. El observador es parte integrante de lo que observa, una observación es siempre autorreferencial en la medida que remite al mismo sistema que la realiza, y la observación de la sociedad resulta como inherentemente autorreferencial, dado que cualquier actividad solamente puede tener lugar dentro de la sociedad; me sorprende lo difícil que resulta comunicarse, y como esta incomunicación enfatiza la extrañeza y el aislamiento humanos.
Dice el personaje de Shaw:
Pero en los dramas de Sam y Eugène, los espectadores nunca salen de su incertidumbre; los personajes siempre saben más que el público; se presuponen cosas que no se explican jamás. ¡Vosotros convertís al público en un ser absolutamente marginal y no le dais ninguna información! (lo comprendo, cierto 'personaje' me tiene a mí en la misma incertidumbre...)
Más adelante el personaje de Pirandello apunta:
Mis dramas se inspiran precisamente en la experiencia de que el intento desesperado de comunicarse acaba impidiendo la comunicación, en la experiencia de que cada uno de nosotros está herméticamente encerrado en su propio mundo interior. (A veces estoy firmemente convencida de mi capacidad para darme a entender, pero comienzo a creer que con ciertas personas soy incapaz de comunicarme...)
Disfruté mucho esta lectura que trata de ilustrar que forma y contenido en comunicación son inseparables. Según el autor como en las situaciones conflictivas íntimas no suele haber más que íntimos conflictos comunicativos, la comunicación se convierte en algo interminable. El drama moderno extrae de aquí su tema y su forma, tomando como tema precisamente su medio -la comunicación misma-; de este modo se vuelve paradójico, contradictorio, desconcertante y absurdo. (Aquí me acordé de lo que dice
Woody Allen al final de
Annie Hall, ahora entiendo por qué me causó ruido entonces, lo escribí
acá)
Mi lectura vespertina me hizo pasar un buen rato y me puso a pesar: analicé las formas y contenidos en mi comunicación con mis semejantes y me hice una autocrítica, no salí muy bien librada por cierto, los problemas de comunicación están por todas partes.
* Dietrich Schwanitz,
La cultura, Madrid, 2002. pp. 254-273.